domingo, 19 de diciembre de 2010

Camino del mar



He tardado en pasar por Tower Bridge… y si me arrepiento no es tanto por ver el puente, que tiene su gracia, cuanto por lo que se puede ver por la ribera sur del río camino a Greenwich. La relación de Londres con el mar parece mucho más natural que algunos puertos españoles (entrada y base del Mediterráneo, por ejemplo) en los que sólo recientemente se ha intentado recuperar o construir vínculos que vayan más allá de la temporada veraniega.

No pasa eso en la capital británica y merece la pena disfrutarlo. Quizá en un día gris se puede percibir mejor ese ambiente marino que reflejan las vigas de madera de los malecones, tablones que antes soportaban casas de mala muerte y hoy siguen hundidos en el fango por el peso de las viviendas que sólo en apariencia mantienen ese pasado portuario (los interiores y los precios reflejan claramente que sus dueños tienen una ocupación más respetada).



Los pubs son otra de las cosas más recomendables por la zona cercana a Rotherithe –y aquí se incluye también Wapping, olvidando por un momento esa galería-cafetería moderna-. El hecho de que no tengan televisión dice ya mucho. Sólo conversación, por favor, o vistas al agua o perdidas por un momento… en silencio. Buen ejemplo de que estos “centros sociales” conservan un toque especial que erróneamente se intenta reproducir en el extranjero (léase España) por muy irlandés que sea el nombre.

Hay varios, y todos merecen la pena (algunos tienen historias de ajusticiamiento a la ribera del río), pero me quedo con uno –influencia que no evitaré-... Desde el Mayflower zarparon en 1620 los Padres Fundadores –peregrinos- que, asustados de la podredumbre social que se apoderó de esta tierra, decidieron montar su utopía al otro lado del Atlántico. No puedo imaginar lo que habrían hecho de vivir en la actualidad… Todavía guarda mucho de ese encanto en los espacios reducidos aprovechados al máximo y sus toques marineros en las paredes.

Tendré que volver en verano o primavera, cuando la luz sea otra, y permita mirar con claridad desde su embarcadero a la “tierra prometida” –en dirección opuesta, curiosamente- y recordar, imaginar y disfrutar, saborear con calma…

lunes, 6 de diciembre de 2010

Energy efficiency


Una de las cosas que me llamó la atención la primera vez que estuve buscando piso… (habitación) en Londres, fue un cuadro como el de arriba. El caso que se le hace es inversamente proporcional al número de pisos que se ven. En realidad tampoco aclara mucho. No se comprueba el gasto energético hasta que se hace (los sondeos de opinión pueden desorientar) y llega la factura, elemento tremendamente clarificador.

A falta de experimentar ese mágico momento en el que uno se da cuenta del gasto energético que ha realizado en los meses de big freeze, he podido comprobar que es un tanto peculiar el concepto de ahorro energético que tienen algunas personas en esta tierra.

Simplificando, se podría decir que la forma principal de ahorrar es no encender la calefacción. Un método realmente efectivo. Sin embargo, cuando sólo funciona 4-6 horas al día (de forma alterna) en una época en la que la temperatura no supera los 2 grados es fácil que la casa no sólo no se caliente sino que cada vez haga más frío y requiera a la larga más energía. Intentar arreglarlo poniendo una hora la calefacción en un momento puntual es, simplemente, un desperdicio.

Correr las cortinas es otro de los métodos aconsejados. No está mal pensado. Claro que, si las los cristales tienen el grosor del Sun y las cortinas son de gasa, es probable que el inquilino deba situarse a 4 metros de distancia. Sorprende también que con esa conciencia energética sea una práctica común adornar las ventanas con diferentes rendijas… para ventilar (pero esto da para otro post). Supongo que por eso los orgullosos propietarios destacan en los anuncios que tienen en su casa ventanas de doble cristal.

Es cierto que el sol en estas tierras no luce como en el sur de Europa. No obstante, la persiana suele cumplir una función eficaz como aislante.

Londoncolumn fixes:

El frío tiene un componente psicológico... (hay quien cree que una minichimenea es capaz de calentar una casa de 100 metros cuadrados en dos plantas). Pero si vienes de países cálidos asegúrate de buscar una vivienda en la que no les importa ahorrar en pintas para invertir en calefacción (o ponerla y seguir bebiendo).

lunes, 15 de noviembre de 2010

Little Venice

Resulta curioso lo que pasa con esta zona de Londres. Aunque es casi desconocida por los turistas, supongo que por falta de publicidad, todos los que pasan cierto tiempo en la ciudad y la conocen la recuerdan siempre. Quizá su pintoresquismo, su tranquilidad (nada que ver con el masificado Hyde Park, increíble el número de corredores) y el encanto de su recorrido.

Situada a las espaldas de la estación de Paddington, aunque la estación de Underground es Warwick Avenue, la llamada Little Venice no es más que la unión del Regent’s Canal –abierto en 1820- y el Grand Union Canal –reorganizado un siglo después-. Sin ocupar una gran extensión permite un paseo tranquilo y disfrutar de alguna bebida en el Waterside-Café (una de las numerosas barcas que abundan por el canal que alguien decidió convertir en cafetería) o incluso degustar la comida típica inglesa –sí, existe, cuando tenga más experiencia le dedicaré algunas líneas-.

Nombrada probablemente así por el poeta Robert Browning (s. XIX), la zona se desarrolla desde algunos años con visión de futuro especialmente empresarial y con inspiraciones de Canary Wharf (punto recomendable en una visita a Londres y que espero comentar en otro momento) aunque a más pequeña escala. Entre el origen de Little Venice y la estación de Paddington han aparecido zonas de oficinas en medio de los canales. Una muestra más de la capacidad que tiene Londres para mezclar estilos completamente diferentes sin que sufra la geografía urbana –por lo menos no en exceso-.

Londoncolumn fixes:

Si estando en la City con los niños te quedas sin ideas –que ya es difícil- no es mal plan acercarse a un teatro de marionetas: Puppet Theatre Barge

jueves, 11 de noviembre de 2010

Transport for London (II): Bus


Me gustan los autobuses de dos pisos de Londres. Aunque en realidad están en muchas ciudades de Reino Unido y de Irlanda, lo cierto es que son un referente de la capital inglesa. Parecido a las cabinas en las que todos los visitantes se hacen una fotografía, algo casi obligatorio -a lo que todavía me resisto- en la visita a la City, como la peregrinación a Harrods –en esto sí he caído, especialmente en los sándwiches de su Food Hall-.

El autobús es distinto, una interesante forma de conocer la ciudad. No dudo de los específicos para turistas, pero algunas rutas merecen la pena, como la 254 que baja desde Hackney hasta la City, un camino para disfrutar el cambio entre los barrios del este y las torres financieras que controlan el capital de medio mundo. Un buen pasatiempo… cuando se puede, el número de paradas que hay en una misma calle es astonishing. Hay que tener mucho –pero mucho- tiempo para utilizarlo de forma regular. Y eso que el abono semanal para todos los autobuses de la ciudad (que son unos cuantos) cuesta poco más de 16 libras (una ganga).

La primera línea regular de la capital comenzó el 4 de julio de 1829, recorría el trayecto entre Paddington y Bank (Oeste-Este). Un carruaje tirado por caballos que se siguió utilizando hasta 1914, ya con un piso superior al descubierto. Seguramente uno de los más míticos es el llamado Routemaster, con su entrada trasera abierta. Todavía se puede ver alguno por el centro –en las rutas 15 y 9-, mantenidos para disfrute de los nostálgicos. Y hace poco presentaban el nuevo modelo “tres puertas” que recupera entrada y escalera trasera, una interesante adaptación del modelo anterior.

Sinceramente, con lo apasionada de Inglaterra que es Esperanza Aguirre no entiendo cómo todavía no ha intentado copiarlo. Quizá demasiado atrevido, pero tendría curiosidad por verlos en Madrid ahora que Gallardón ha pintado los autobuses de azul.

Londoncolumn fixes:

-Alquilar un autobús es posible, pero no siempre recomendable; casi mejor disfrutar de un clásico reconvertido en restaurante vegetariano durante la visita –obligada- a Brick Lane.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Una granja en la City


En Londres gusta mucho lo orgánico, lo natural, lo ecológico… por eso en el supermercado triunfan los precocinados-preparados de todo tipo. De hecho, en ocasiones es prácticamente imposible comprar algún alimento para cocinar en casa (me remito al M&S de Paddington Station). Todo está dirigido al microondas o al horno. Imagino que los consumidores estarán convencidos de que los productos envueltos en plástico han sido recogidos siguiendo las prácticas tradicionales para ser envasados y que no pierdan ninguna de sus propiedades.

Una vuelta de tuerca a lo ecológico –que es moderno- y surge FARM: shop. Una granja-tienda-meeting point. Peces, gallinas poniendo huevos, vegetales –tomates cherry (no podían ser otros), pimientos, albahaca, orégano…- y a final de año incluso cerdos. Todo distribuido en dos plantas y exteriores, y preparado para su venta de viernes a domingo. También se nutrirán de granjas de Hertfordshire para la carne. A la vez, charlas, tertulias, encuentros con expertos (palabra que cada vez significa menos) para aprender y debatir, cambiar opiniones, sobre la viabilidad de los diferentes tipos de cultivo. Como se descuiden los propios invitados pueden acabar con la idea.

Localizado en Dalston Junction (al noreste de la ciudad), el ayuntamiento de Hackney ha cedido amablemente un edificio de tres plantas a este proyecto que pretende autofinanciarse con el dinero que recoja de la venta de sus productos, ecológicamente cuidados en medio de la ciudad. Un reto interesante a cuyo desarrollo habrá que estar atento… Mientras, nos conformaremos con las bolsas verdes del M&S.

martes, 2 de noviembre de 2010

Poppy Appeal


Cuando el 11 de noviembre de 1918 las tropas victoriosas comenzaban la vuelta a casa por los campos de Flandes era el color rojo de las amapolas lo único que alegraba su vista. Inspirado por el poema del médico del ejército canadiense John McCrae (*), un alto mando americano, Moina Michael, decidió tomar una de esas amapolas como recuerdo de los caídos. Su mujer recogió el testigo y empezó a venderlas entre sus amistades para recaudar dinero para los veteranos.

La idea se extendió también a Gran Bretaña, donde se empezaron a vender reproducciones artificiales desde 1921. Un año después el Mayor George Howson creó la Disabled Society que se encargaría de la producción de poppies como medio de recaudar fondos para los militares, hombres y mujeres, que participaron en la Primera Guerra Mundial. Para ello emplearía a los propios mutilados del conflicto.

Hoy son cientos de personas, voluntarios de la Royal British Legion, los que salen a la calle con una caja de poppies y una pequeña hucha para recaudar fondos para los militares (y sus familias) que han luchado por Gran Bretaña. Normalmente se pueden adquirir unos sencillos ejemplares por una o dos libras, y por cinco una poppy más elaborada o un pin. Todas, para llevar en la solapa.

Pero las posibilidades de recordar a los caídos no acaban ahí… Miles de amapolas dedicadas llenan cada año los campos alrededor de la ciudad de Ypres –destruida durante la Guerra-. Algo parecido pasa con las cruces que se plantan en los alrededores de la abadía de Westminster.

Como pasa con otras tradiciones también hay discrepancias a la hora de ponerlas en práctica. Los puristas aseguran que la amapola debe llevarse en la solapa desde el día 30 de octubre hasta el Remembrance Sunday (este año el 14 de noviembre). Que los presentadores de la BBC o incluso el vice primer ministro Nick Clegg aparecieran con ella una semana antes ha hecho que más de uno eleve la voz por la ruptura con la tradición. No piensan lo mismo desde la Royal British Legion, quienes argumentan que nunca es demasiado pronto para llevarlas.



(*) Dejo, a continuación, el poema de John McCrae:

In Flanders fields the poppies blow
Between the crosses, row on row
That mark our place; and in the sky
The larks, still bravely singing, fly
Scarce heard amid the guns below.

We are the Dead. Short days ago
We lived, felt dawn, saw sunset glow,
Loved and were loved, and now we lie
In Flanders fields.

Take up our quarrel with the foe:
To you from failing hands we throw
The torch; be yours to hold it high.
If ye break faith with us who die
We shall not sleep, though poppies grow
In Flanders fields.

martes, 26 de octubre de 2010

Dickens's House


No tengo claro el dinero que llegó a ganar Charles Dickens (1812-1870), pero a juzgar por su casa de Doughty Street en Londres –donde vivió desde la primavera de 1837 hasta finales de 1839- las cosas no le irían muy mal. Aunque parece que sus sirvientes (cuatro en aquella época) no pensaban lo mismo y se quejaban de las estrecheces de sus estancias. Algo que en la actualidad no se puede comprobar, sólo se conserva lo que sería el lugar destinado al fregadero.
Acogedora y no muy grande, sorprende que el comedor cupieran catorce comensales. Y de hecho lo usaba con frecuencia, entre otras cosas para alardear de su buena cocina y su éxito. Supongo que luego les mandaría a casa, porque quitando el salón del primer piso sería complicado colocar a tanta gente. Por supuesto la decoración del Drawing room tampoco es nueva.
Se conserva, eso sí, el escritorio sobre el que escribía sus obras. Una suerte encontrar una pieza de este calibre en la casa museo en la que escribió su obra Oliver Twist. En realidad de lo poco que queda, su habitación no da para mucho, alguien ha debido pensar que se podría llenar con exposiciones temporales totalmente innecesarias. Al menos se puede contemplar la estancia de Mary Hogart, su cuñada, incluida la cama donde murió con 17 años. Tanto marcó al escritor su repentino fallecimiento que el personaje de Little Nell (en la obra The Old Curiosity Shop) está inspirado en Hogart.
Curiosamente tampoco hay rastro de la presencia de los niños. Llegó con el mayor, Charles, pero a su marcha al barrio de Marylebone ya habían nacido Mary y Katey.
Típica casa georgiana, no es uno de los mejores ejemplos de museos-residencia que existe en Londres. La metrópoli es rica en vecinos famosos y muchas de sus casas están abiertas al público. Merece la pena asesorarse bien, en ocasiones no queda más que la fachada y el nombre de su prestigioso ex-residente